VIVENCIANDO
LO NUESTRO
EL RELOJERO
Arq. Salazar Retana.
De su libro: El Relojero y otras fantasías.
"Existe
una intima relación entre los objetos y su función.
No una mera relación de funcionalidad y forma, sino
una más profunda, estructural. Los relojes y el tiempo
poseen una cualidad simbólica que se percibe en sus
ciclos y círculos concéntricos, y en la espiral respiratoria
que les da vida; una profunda, esencial simbiosis
que conlleva mágicas connotaciones e impredecibles
paradojas mecánicas y espacio-temporales, las cuales,
algunas veces, desafían abiertamente el fluir del
tiempo, su supuesta organizada, perfecta e infinitesimal
división. Algunos relojeros de antiguo arte, conocen
estas fracturas de la lógica temporal y poseen un
arte de tan sutil perfección, que son capaces de construir
relojes que no sólo miden el ritmo del tiempo, sino
que lo rectifican, invierten e incluso logran parar
su discurrir, yo conocí uno de estos magos, aunque
no puedo asegurar qué, ni quién era en realidad.
Tuvo su
taller, estudio, refugio, sólo Dios o él lo saben,
frente al antiguo Mercado Emporium; estaba situado
en un pequeño zaguán que había acondicionado primorosamente,
en el cual exhibía, en mostradores de cortez y caoba,
realizados por algún ebanista de antaño que manejaba
la plumilla y la marquetería a la perfección; mostraba,
decía, relojes casi todos de bolsillo - constituyen
la nobleza de los relojes - como enunciando un dogma,
exclamaba don Emeterio, que así se llamaba, o se hacía
llamar - yo creo más en esta segunda opción - el magnifico
artista relojero; algunos de oro, otros de plata pero
todos con cubiertas bellamente grabadas por el artífice.
La cubierta es el rostro físico del reloj, la carátula
el lenguaje de su alma, me dijo, casi en estado de
oración, la única vez que platiqué con él; luego,
para aquellos que lo ignoraban como yo, añadía con
el dedo señalando al cielo: los relojes son seres
vivos que perciben la magnífica y exquisita armonía
del Universo. Este ilustre y enigmático genio de la
relojería, había estudiado en Suiza según el rótulo
de bello diseño medieval, sin duda alguna de él, y
realizado, sin duda también, por su mano, en el que
se leía: Emeterio Valdon. Y abajo de su nombre: Horloger.
Yo lo conocí
más por curiosidad, a causa de su solemne aspecto,
que por razones de su profesión. Era un anciano, tendría
unos 78 años, de pelo blanco y parecía un profeta
bíblico con barba y todo. En esa época, uno podía
transitar por el centro con absoluta calma y tranquilidad,
la paz no se había decretado oficialmente, y yo solía
pasear por esos lugares, que por su rica y bulliciosa
vida, siempre han ejercido en mí una extraña fascinación.
Después de recorrer el centro, captando las íntimas
esencias de mi pueblo, el ejemplar y vital despliegue
de su actividad incesante, su abigarrada, escandalosa
sonoridad y su caleidoscópico color, me paraba algunas
veces frente al mueble de los relojes de bolsillo
y contemplaba, minuciosamente, las bellas tapaderas
en las que las escenas cinegéticas y mitológicas finamente
grabadas, parecían cobrar vida. Nunca intenté ni siquiera
preguntar, pues parecíame que los precios deberían
ser muy elevados, pero las cosas discurren por caminos
extraños...
El, como
Zeus olímpico, estaba siempre sentado en un sillón
hermoso de cuero, con sus manos entrelazadas sobre
su larga barba y contemplaba un lugar indefinido situado
frente a él, a través de sus anteojos de aros de oro
redondos. Era la imagen viva del siglo pasado y quizás
de otros aún más lejanos"… |