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retrato perdido en una venta de revistas y
libros viejos, que recuerda el antiguo esplendor
de un rostro quizás ya convertido en polvo,
olvidado pero joven, luciendo orgulloso la
sonrisa de complacencia y una ingenua dedicatoria:
"a mi amor secreto con todo amor".
¿Quién
sería esta mágica dama que con descaro cuenta
ahora detrás de su vidrio empolvado la antigua
historia de un amor secreto? ¿Quién sería
el galán misterioso de esta encantadora dama
de principios de siglo que ahora esta empañada,
desvaída, deslucida, ofreciéndose a algún
loco que quiera comprar ese viejo retrato
y esa misteriosa dedicatoria?
La
anciana de la venta de libros me observa con
grandísima curiosidad e inusitada simpatía,
no exenta de cierto temor o algo así, un rictus
de sorpresa florece entre sus arrugas de hermosa
dignidad.
Tomo
el retrato. En el dorso se lee: 23 de abril
de 1934. Hace tanto tiempo de esa época. Parece
de unos veinte años; tendrá o tendría unos
80, ¿estará viva todavía? ¿Se encuentra ese
recuerdo del amor en alguna neurona a punto
de desaparecer? ¿En algún recuerdo anciano,
entre telarañas mentales, cobijado bajo suaves
crespones; anudado con una cinta de seda,
en un lugar siempre presente, en la memoria
de una blanca cabecita canosa y arrugada?
¿Qué
desea el señor?, pregunta la anciana de magnánimo
rostro, viéndome con una curiosidad y asombro
desusados.
La
foto, ¿cuánto vale?, pregunto con timidez.
No
está en venta, es mi foto, dice la viejecita
desplegando una blanca dentadura. Postiza
quizás.
¡Qué
hermosa foto señora! ¡Qué hermosa juventud
la suya!
¡Gracias!
Sí, ahora esa hermosa joven es una anciana
como ve. Pero el recuerdo de esa fotografía
es fresco siempre, me hace sonreír, me hace,
me ha hecho siempre feliz, dijo encendiendo
un cigarro.
Lo
quiso mucho ¿eh? A su recuerdo, digo.
Pues sí, hace tantos años, pero lo recuerdo
como si fuera hoy .
¿Me
encantaría conocer la maravillosa historia
de ese retrato señora? Me gustaría conocerla.
Sabe, a veces escribo y ando siempre en busca
de ideas e historias que se puedan escribir.
Además, presiento que la suya debe de ser
una bella, bellísima historia.
La
mía... Pues no sé, ¡sí! es bella... pero quizás
no alegre, ¿curioso no? Sí, me gustaría que
alguien la escribiera, alguien como usted,
pero... cuando me muera. Si me lo promete
se la cuento, agregó en un tono casi infantil.
¡Encantado!,
pero espero que viva muchos años más.
Total
hijo... ya falta poco, tengo 75 años, allí
tenia diecisiete, bonita edad, ¿verdad?
Usted,
¿cuantos tiene? ¿Treinta y cinco?
No
señora, respondo avergonzado, cuarenta y siete...
cuarenta y siete.
El
tenía 38 era mayor, muy guapo y muy rico,
¿sabe usted? Falleció hace bastantes años.
Siempre le llevo flores el día de su cumpleaños;
la hermana de él, que llega tarde al cementerio
siempre, se queda impresionada al ver el ramo
de mis flores.
Creo
que la disgustan, pero no las toca. Yo se
lo agradezco tanto. Siempre lo he recordado
cada día de mi vida... No me quise casar con
él. Yo no era mujer que le conviniera, había
estudiado, le advierto jovencito. En aquellos
años el bachillerato era demasiado para una
mujer... Quizás para mí, peor. Vi demasiado
claro que la hija de la sirvienta de la abuela
no era adecuada para esposa del nieto…
Si
usted quiere publicar sus vivencias puede
enviarla a: luzcecitas@yahoo.com
Artículo:
Arq. Luis Salazar Retana.
rocio_pixelescuscatlecos@hotmail.com
Fotos:
Maribel Sánchez
maribel_pixelescuscatlecos@hotmail.com
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