Los trastes para fabricar
batidos, estaban listos, recién humedecidos.
En cada uno de ellos, Justo fue vaciando la
miel necesaria. Así que concluyó la operación,
dejó la pacaya cruzada sobre el poyo para que
escurriese. La miel del perolón se había quedado
quieta. El hervor apenas se sentía. Justo tomó
uno de los trastes, y echando mano de una paleta,
comenzó a batir. Alrededor suyo, los vecinos,
en enjambre, reían, charlaban. Alguna broma
hacía reventar las risas, y ruborizarse, hasta
donde les era dable, a las mujeres. Porque de
todo había allí congregado: viejos, jóvenes,
viejas, muchachas, niños. Todo el mundo acudía
a la finca del valle en que se verificaba la
molienda, por lejos que estuviera.
Cuando comenzaba a chirriar
el trapiche, iban apareciendo. Primeramente,
uno, dos; solos, bostezando y tiritando, friolentos,
a pesar de ir envueltos en sus cobijas. Luego
acudían por parejas. Al amanecer, era una romería
la que invadía el patio. Pero todos ayudaban
en algo. Quién iba, siempre que se lo pidieran,
a echarles brazadas de cogollo a los bueyes
recién desuncidos, y a los que esperaban su
tarea; quiénes ayudaban a tender sobre los escobíllales,
al pleno sol, los bagazos húmedos para secarlos;
quién iba a acarrear agua a la pileta del cercano
platanar. Pero eso sí, se juzgaban con derecho
a chupar toda la caña que les viniese en gana;
a comerse el vicio, a chupar la espuma, a lamber
los chorretes de miel, que quedaban pegados
a las pelotas; a galguear las lágrimas de los
batidos, los calientes pegotes de las tapas
en los moldes acabados de vaciar.
-"Trel anís y la canela.
¡Ah! Y mira si hallas unas cascaritas de limón".
Era el aderezo consiguiente
de los batidos. Después de espolvorear con las
solicitadas especias la masa que iba endureciéndose,
con una hábil maniobra de paleta, la enrolló,
y levantándola con destreza suma, la fue acolochando,
hasta dejarla plantada, con las formas clásicas
de los batidos. En seguida, tomó otro. El resto
fue obra de la colaboración de los espumeros;
pero siempre bajo el ojo escrutador de Justo"…
Tomado de: La Molienda. De "El Libro Del Trópico"
de Arturo Ambrogi (1875-1936), colección Trigueros
de León, Volumen # 10, Dirección de Publicaciones
e Impresos CONCULTURA.