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¿Lo
quiere tierno o sazón?". La
mayoría de clientes los preferían sazones.
Así aprovechaban la comidita. Los niños y
aun los grandes fijaban la vista en tu mano
derecha, la cual empuñaba el corvo hábilmente
y daba en el lugar exacto, con el característico
ruidito de "chak", y sin derramar ni una sola
gota de agua.
Asomaba así el agujerito, el cual perforabas
con el cuchillito arqueado. Luego procedías
a poner la bolsa plástica sobre el hoyito,
dabas vuelta con decisión, definición y firmeza,
y el líquido llenaba el recipiente, aproximadamente
hasta la mitad. Las caras de los clientes
siempre mostraban síntomas de alegría en ese
instante, pues el ritual se aproximaba a su
final y pronto verían su sed saciada.
Una
vez sacada toda el agua, depositabas el coco
en la base-yunque-no-metálica, veías a ambos
lados para verificar: "¡Fuera manos, que por
eso hay cutos!", y descargabas el golpe, surcando
el aire con un "zinggg", para dar justo en
el medio del casco, obteniendo dos mitades
asombrosamente simétricas, de las cuales extraías,
con el mismo cuchillito arqueado, la comidita
blanquita, la cual echabas luego en la bolsa
plástica contenedora del agua, procediendo
a cobrar los uno cincuenta (de colón) y dando
la pajilla respectiva. Los clientes se retiraban
agradecidos y rebosantes de alegría; la espera
había valido la pena.
Esa
experiencia acumulada por varios años le permitía
realizar la operación cada vez con mayor rapidez,
sobre todo en los tiempos de temporada (Semana
Santa y vacaciones de agosto), cuando la clientela
abarrotaba las playas para disfrutar de las
hasta ese momento limpias aguas del Pacífico.
Tu puesto de cocos había sido durante varios
años el más buscado de la playa. Y es que
este oficio es todo un arte…"
Si
usted quiere publicar sus vivencias puede
enviarla a: luzcecitas@yahoo.com
Artículo:
Rafael Francisco G. Hernández.
rocio_pixelescuscatlecos@hotmail.com
Artículo
y fotos: Sara de Aguillar.
rocio_pixelescuscatlecos@hotmail.com
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