Valores Salvadoreños ¡Apartado para publicar historias de personas que sean ejemplo de vida! ¡De lucha! ¡Esfuerzo! y ¡Empeño!
En esta ocasión, les presento a Don Pedro Ángel Molina. Padre de familia cariñoso, un amigo sincero y un empresario emprendedor, que desde su niñez y su juventud dedicó su vida al trabajo especializado de la industria del mueble.
Nació el 1o. de agosto de 1925 en Cojutepeque. Murió el 18 de octubre recién pasado. Pero su obra y su familia quedan para revivir su presencia. Su historia es una de aquellas que vale la pena contar.
En 1929, a la edad de cinco años viajó en ferrocarril de Cojutepeque a Santa Tecla, con doña Mercedes, su madre, y don Raúl, su hermano mayor. Pocos días después de haber llegado a la ciudad, doña Mercedes obtuvo trabajo de cocinera en la casa de doña Carmencita de Alonso Rochi.
Con la esperanza de ganar mejor, doña Mercedes dispuso ir, con sus hijos, a cortar café en el volcán de San Salvador y renunció al trabajo donde el doctor Rochi. En los meses de frío tecleño de 1935, cobijados con un solo "perraje", la familia Molina dormía en el portal Huezo, cerca de la zapatería de don Enrique Castillo, esperando el camión que, en la madrugada, los llevaría a las cortas de café.
Los magros ahorros que acumularon, permitieron a la familia alquilar un cuarto en el mesón San Rafael, del Barrio de Belén, frente a las canchas de fútbol de los salesianos, donde convivieron con más de 200 inquilinos. Con el tiempo, la suerte quiso que doña María Luisa de Bustamante necesitara una cocinera y para ello contrató a la madre de don Pedro. La buena, doña María Luisa, ayudó a don Pedro y a su hermano a cursar hasta el quinto grado en la escuelita San José, que dependía de la parroquia de Concepción y de su cura párroco, el querido padre Revelo.
El tío José, un sastre, introdujo a don Pedro a lo que iba a ser el resto de su vida, cuando lo fue a "entregar" de aprendiz a la carpintería de Federico Iraheta, examinador de los estudiantes de carpintería de los Salesianos. Estelita, la hija mayor del maestro Iraheta, se convirtió más tarde en la esposa de don Pedro y con ella procrearon ocho hijos, quienes les obsequiaron 31 nietos.
Raúl Chacón, maestro carpintero, egresado de los salesianos, especialista en el estilo español, guatemalteco de origen, pero tecleño de corazón, le ofreció trabajo. A don Pedro le daba miedo independizarse, pero impulsado por el apoyo de su hermano, por los conocimientos de dibujo que tenía, se lanzó a la gran aventura de lo que ahora es Muebles Molina.
Han pasado casi seis décadas desde que Don Pedro iba de puerta en puerta dibujando muebles, que luego fabricaría, para sus clientes. Hoy día, Muebles Molina opera fábricas en El Salvador y Guatemala y exporta buena parte de su producción a Estados Unidos. Su trabajo ha recibido bien merecidos honores en múltiples ocasiones, por su excelencia en calidad y presentación.
Sin otra base que su trabajo honrado, esfuerzo, disciplina y tenacidad, logró crear la actual empresa, que pudo desarrollar con sus inagotables empeños. Ese crecimiento no fue casual, sino producto natural y consecuente de su obsesión por ser cada día mejor en cuanto a la calidad de sus productos. También por alcanzar la mayor fineza de sus diseños, en los cuales siempre se esmeró por imprimir el sello de su talento creador.
En la foto de la izquierda, podemos ver a Don Pedro interpretando uno de sus gustos favoritos. El canto. ¡El cual dominaba!
A lo largo de su vida, fue considerado ciudadano ejemplar digno de ser imitado. Y fuente de inspiración para todos lo que desean triunfar con trabajo honrado y por sus propios esfuerzos. Y, si bien él no pasó del quinto grado, todos sus hijos pudieron estudiar en la Escuela Americana y todos se graduaron de Universidades de los Estados Unidos.
Instituciones públicas y privadas, personas particulares y amigos sintieron honda consternación por su fallecimiento.
¡Descanse en paz, Don Pedro, ha cumplido su deber!
(Base de esta entrega: reportajes que de él hicieran, Don Ernesto Rivas Gallont y Don Alfonso Salazar)