E sta sección es una nueva oportunidad para conocer mejor nuestras raíces y emprender la maravillosa aventura de leer y sentir lo que muchos poetas y poetisas; escritores y escritoras dejaron plasmado en cada página que corazón en mano escribieron para entretenimiento de grandes y chicos. Puedo asegurarles que cada fragmento aquí leído tocará de alguna manera las fibras de su sensibilidad.
Iniciare esta sección, transcribiendo para ustedes un fragmento del "clásico por excelencia" de El Salvador: "TIERRA DE INFANCIA" de Claudia Lars. Y espero que sea motivador para ustedes; tanto que si aún no lo han leído; quiera hacerlo. Es el mejor regalo que cada uno y una de ustedes pueden hacerse; porque en este libro se reconocerá una y otra vez. Este fragmento ha sido extraído de las páginas 121, 122 y 123 de la memoria "Regalo de Cumpleaños" Claudia Lars escribe así:
"Cierta tarde empecé a hablar de mi cumpleaños con el humilde amigo (el indio Cruz) y a explicarle la importancia de ese gran día. Ya lo anunciaba el abuelo a la hora del desayuno, pues el anciano gozaba las fiestas domésticas más que cualquier joven; ya la Juana Morales lo tenía señalado en el calendario con una marca azul. La idea de los regalos que iban a llegar a mis manos me hacía hablar como cotorra; una campanita de júbilo sonaba dentro de mis palabras y las volvía de plata y oro.
- Comeremos chompipe horneado dije con entusiasmo- pues Toribia lo está engordando desde hace un mes. Papá me comprará un juego de oca y tía Tere me ha ofrecido una piñata.
- ¡Qué alegre!... contestó el indio con expresión embelesada. Guardé silencio por unos minutos y él también cerró los labios. Las tijeretas, que habían bailado en el aire por largo rato descansaban ahora en un árbol que crecía al otro lado del tapial. De pronto se me ocurrió una idea que me hizo sonreír.
- ¿Y tu regalo Crucito? pregunté con voz dulce- ¿cómo será tu regalo?... porque me vas a dar algo muy lindo, ¿verdad? El hombre me miró entre asombrado y confundido, pero dominando sus emociones contestó con bastante naturalidad.
- Podría darle unos pacunes para que juegue cinquitos.
- Tengo montones y montones...
- Entonces unos capulines recién pepenados.
- ¡Tonto!... ¡Si no soy murciélago!...
- Pues un nido de gorrión.
- No, porque es pecado hacer llorar a la mamá pajarita.
- Pues, pues... Cruz, rasgó el suelo con el dedo gordo de uno de sus pies, escupió varias veces, se alisó las mechas que le servían de cabello y al fin se sentó a mi lado. Cuando ya mi pensamiento estaba en otro sitio y había olvidado la conversación que acabábamos de tener, el indio me miró jovialmente y después dijo:
- Yo también le voy a dar algo, niña. Sólo que mi regalo tiene que darse de noche, porque es de la oscurana...
- ¡Uy Crucito!... ¿será un tecolote?
- ¡Ja, ja, ja!... ¡Qué ocurrencia la suya! ¿Cómo le voy a regalar ese pájaro que anuncia a la pelona?
Me separé de mi amigo intrigada por lo que había dicho y sabiendo que le había divertido muchísimo mi franca y alegre curiosidad.
Llegó al fin la fecha esperada, y todo fue mejor que en los sueños. Cruz permaneció en "Las tres ceibas" durante la fiesta, pero como yo me sentía tan dichosa, ni siquiera lo eché de menos.
Cuando llegó la noche y el abuelo sacó al portal la silla mecedora y encendió su mejor cigarro-puro; cuando mi madre hacia cuentas con zarca Chica y Toribia lavaba en la cocina los platos de la cena. Cruz apareció por el zaguán con un paquetito en las manos.
- Cójalo, niña, y mire lo que hay adentro...
- Le quité el amarre y empecé a desenvolverlo: un papel rosado... un papel amarillo... un papel verde...
- Andrea le pudo toda esa malicia explicó el indio-
- Mientras yo rompía las envolturas. Una ordinaria caja de cartón, donde antes se había guardado alguna medicina, quedó al fin al descubierto. Completamente desconcertada tuve que decir: ¿verdad que es una broma?... ¿una broma para reírse de mí?...
- Pero Cruz, sacando valor de su timidez, me respondió:
- Abra la caja, niña. No vale nada mi regalito, pero tiene su gracia...
- Empujé la frágil gaveta y lancé un grito de júbilo. Ahí, moviéndose como esmeraldas vivas, un puñado de luciérnagas encendía y apagaba sus luces verdes y menudas. Abracé a Cruz dos o tres veces, le alboroté al áspero cabello, le di un beso en la oreja y hasta pude tocarle la panza de sapo. Con las luciérnagas volando dentro de mi faldita de cambray doblada y recogida contra mi pecho- corrí hacia la silla del abuelo, convertida en un farol ambulante.
El tiempo fue dando el recuerdo de esa noche su exacto significado, y el nombre del indio Cruz se guardó en lo más puro del cariño, embellecido por su propio candor y rodeado para siempre de lucecitas temblorosas"
Tomado del libro "Tierra de Infancia" de Claudia Lars. Séptima edición, 1999; de la colección Gavidia. De UCA editores.